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Camus, rebelde con causa, cumple cien años.

Camus, rebelde con causa, cumple cien años.
ALBERT CAMUS

 Puede que el siglo XX fuera de Sartre, pero la posteridad es para Camus.
Lo que queda de la clase intelectual está de celebración: hoy se conmemora
el centenario del nacimiento del mejor hombre de Francia. Todos, los honestos
(aquí) y los menos honestos (allá) han pergeñado ya su artículo glosando la
figura del intello parisino por excelencia, un faro moral en esta época de
tribulaciones, una figura que se agiganta al tiempo que se empequeñecen
todas sus contemporáneas.

 

 

HOMENAJE / EL PAÍS

Jean Camus, el hijo de Albert Camus, atiende el teléfono gracias a la mediación de Alain Grenier, el hijo del filósofo y escritor Jean Grenier, que fuera profesor en el instituto de Argel y amigo íntimo del autor de El extranjero. Camus hijo es abogado, está delicado de salud, y prefiere no recibir a nadie en la casa de sus padres, en la Rue Madame de París. “Está destruida”, dice. Nacido en 1945, el mellizo de CatherineCamus siempre ha dejado que sea su hermana, la albacea del escritor, quien se ocupe de hablar de su padre y de gestionar sus derechos.
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Pero ahora que se acerca el centenario del nacimiento del novelista, periodista, dramaturgo y ensayista, Jean Camus ha aceptado dejar ese segundo plano para compartir los —escasos— recuerdos que atesora de su padre; para reivindicar la importancia de Grenier (1898-1971) en su vida y su obra —“Camus no se entiende sin Grenier, y su libro sobre él es el más profundo que se ha escrito nunca sobre Camus”, dice—; y para afirmar que “Francia todavía no ha comprendido bien que Camus no fue un filósofo ni un pensador, sino un hombre que habitaba entre nosotros, un narrador de mundos, un extranjero”.

Camus siempre fue diferente de Sartre, nunca quiso jugar un papel político. Quizás nunca estuvo cerca de él”, dice Alain Grenier

Alain Grenier es hijo del maestro de Camus

Camus tenía verdadera necesidad de los demás para vivir”, añade Jean Camus. “Yo lo leí tarde, después de su muerte, pero antes había leído a Borges y a Pascal, y comprendí enseguida que no era un filósofo”. Él mismo lo dijo en 1959: “Me pregunto las mismas cosas que los otros. No soy un filósofo”.
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“La visión que ha dado gente como Michel Onfray y Benjamin Stora” —los dos filósofos que han competido por coordinar la truncada exposición del centenario— “son bobadas”, continúa Jean Camus, que ríe y se emociona al recordar a su padre, fallecido cuando él y su hermana tenían 15 años: “Mi libro preferido es El extranjero. Lo he leído más de 20 veces y siempre veo cosas distintas. Es el más fácil de leer, el más corto, y también el más misterioso. Está escrito para la gente. Un compositor dijo que tiene música dentro, un bajo continuo, como Bach. Recuerdo que un día mi padre estaba triste, sin dinero, tenía no sé qué problemas con el contrato de Gallimard, llamó al poeta Francis Ponge, y este le dijo: ‘No te preocupes, El extranjero quedará para siempre”
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ALBERT CAMUS

Aquella novela de 1942, escrita y publicada durante la ocupación nazi de Francia, que interrogaba al mundo sobre el absurdo destino de la gente decente obligada a vivir en medio de la abyección moral y sometida a la arbitrariedad de fuerzas colectivas y anónimas, fue la catapulta a la fama de Camus, que había llegado a París en 1940 desde Argel, donde había publicado el ensayo El revés y el derechoque solo reeditaría en Francia 20 años más tarde.

Camus era en ese momento colaborador de Combat, el diario de la Resistencia contra Vichy y el Tercer Reich, que duraría cuatro años pero que fue elogiado por el general De Gaulle como un ejemplo de periodismo insobornable y libre, “intratable”. Antes, el joven licenciado en Filosofía había codirigido Le Soir Républicaine en Argel, la oprimida capital de la provincia francesa de ultramar, donde publicó en 1939 un artículo-manifiesto con los mandamientos que deben guiar la acción de los periodistas en tiempos de guerra —y de paz—. El texto lo rescatóLe Monde el año pasado, y se lee hoy tan moderno como entonces.Camus defendía el derecho de cada ciudadano a “elevarse sobre el colectivo para construir su propia libertad”, y definía las cuatro columnas del buen periodismo: lucidez, desobediencia, ironía y obstinación. Los puntos cardinales que inspirarían su obra.
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Camus había nacido en Mondovi el 7 de noviembre de 1913. Su padrepied-noir (colono francés) había muerto luchando en la Primera Guerra Mundial, y su madre, Catalina Sintes, nacida en Mahón (Menorca), semianalfabeta y con fama de ser casi completamente sorda, se había encargado de su educación. Jean Camus recuerda que cuando su abuela llegó a Francia, dijo: “Es bonito, pero ¿no hay árabes?”, y desmiente que fuera sorda: “Hablaba poco pero oía perfectamente”.

“Ante mi madre siento que pertenezco a un noble linaje: el que no envidia nada”, diría Camus. Su infancia y adolescencia en Argel, la figura de su brava madre española y su profesor de secundaria, Jean Grenier, marcaron profundamente la sensibilidad literaria y humanista de Camus, cuenta Alain Grenier, de 82 años, el hijo del autor de Les Îles, uno de los libros que, según ha escrito José María Ridao, más influyó en Camus. “Albert venía a menudo a nuestra casa”, recuerda Grenier sentado ante un café que acaba de traer su mujer, la encantadora Elisabeth. “A mi padre le gustaba reunir a los alumnos en casa, se interesaba mucho por ellos, y Camus y él se hicieron muy amigos. Camus se quedó deslumbrado con mi padre un día que estaba enfermo. Llevaba días sin ir al instituto, y mi padre decidió acercarse a su casa para ver cómo estaba. Camus y su madre se quedaron asombrados”.
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Mi padre pensó que si Camus quería hacerse comunista era mejor no decir nada, que tenía que vivir esa experiencia”

“Grenier y mi padre se querían mucho”, añade Jean Camus. “Eso es un hecho. Mi padre solía decir que tenía un amigo inglés para subrayar la elegancia y la caballerosidad de Grenier. Y es maravilloso ver que en su libro de recuerdos titulado Albert Camus. Souvenirs (1968), escribe: ‘Releyendo El extranjero y otros textos de juventud, me emociono por las cosas que creo entender’. Nadie ha hablado nunca tanto de la parte de silencio involuntaria, de esa parte secreta que mi padre no quería ver ni que se viera”.

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Años más tarde, la guerra separaría a las familias. “A pesar de que mantenían posiciones distintas, mi padre y Camus se escribieron docenas de cartas y mantuvieron un lazo permanente”, recuerda Grenier. “Mi padre se fue a Lille, y aunque también se escribió con otros alumnos, Camus siempre fue especial. La luz que desprendía era tan grande que oscurecía a los demás, aunque fuera injusto era así. Era excepcional, y mi padre le aconsejó que escribiera, le ayudó a publicar, le presentó a editores. Luego, cuando yo era estudiante en París, Camus y su segunda mujer —Francine Faure— se ocupaban de mí, yo iba mucho a su casa de Rue Madame, y a veces íbamos juntos a ver a mi padre cuando se instaló en Bourg la Reine, en la periferia de París. Camus decía: “¡Vamos a ver a mi buen maestro!”.

Jean Grenier y Albert Camus pasaron años sin verse. Pero cuando tomó las riendas de Combat, el periodista llamó a su maestro para que se incorporara. “Le ofreció ser el crítico teatral, el teatro era lo que más le gustaba, pero mi padre tuvo que decirle que no porque no le daba tiempo a ir y volver desde la periferia. Así que le nombró crítico de arte, aunque mi padre había sido de los primeros que había denunciado que el comunismo era totalitario en su ensayo Sobre el espíritu de la ortodoxia, de 1936. Muchos comunistas eran estalinistas, Camus nunca lo fue”
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Jean Camus cree que la entrada de su padre en el PCF obedeció a que “era el único partido que tenía una posición presentable sobre la colonización de Argelia. En cuanto cambió esa posición, se marchó. Aunque luego le acusaron de ser trotskista, y otras cosas cómicas, lo que pasaba es que no era estalinista”. El propio Camus diría: “No estoy hecho para la política porque soy incapaz de desear o de aceptar la muerte del adversario”.

Algunos culparon y todavía culpan a Grenier por no haber evitado que su discípulo entrara en el PCF. “Creo que entendieron mal su relación”, dice el hijo de Grenier. “Eran muy amigos, aunque nunca se tutearon porque no les salía natural. Camus enviaba desde joven sus borradores a mi padre. Pero eran muy distintos. Mi padre era un hombre provinciano, respetaba mucho la religión y le interesaba el pensamiento oriental, el budismo. Era más espiritual que político. Camus venía de otro medio social, tenía otro pasado…”.
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Grenier insiste en que su relación “era muy sutil. Mi padre debió pensar que si Camus quería hacerse comunista era mejor no decir nada, que tenía que vivir esa experiencia. Él no era de imponer nada a nadie, pero nunca dejó de querer a sus alumnos comunistas, y tuvo varios”. La salida del PCF en 1937 daría lugar con el paso del tiempo a uno de los episodios cruciales de la vida de Camus: la ruptura con Jean-Paul Sartre y el medio existencialista y oficialista del comunismo francés. Sucedió en 1952, después de que el combativo filósofo sartreano Francis Jeanson escribiera una crítica feroz a L’homme revolté (El hombre rebelde) en Les Temps Modernes, la revista fundada en 1945 por el pope Sartre. Camus replicó con una carta al director (Sartre), y este le acusó de ser un burgués.

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En ese momento, ha escrito Ridao en la revista Turia, “Camus se decidió a mostrar la extrema miseria en la que había vivido durante su infancia, sobreponiéndose al pudor del que dejaron numerosos testimonios sus maestros y amigos, y liberándose de pronto, como él mismo explicaría en Le premier homme, de la vergüenza y de la vergüenza de haber sentido vergüenza”.

“La polémica con Sartre fue dura”, recuerda Alain Grenier. “Pero Camus siempre fue diferente a Sartre, nunca quiso jugar un papel político. Tuvieron discusiones de periódico a periódico, y Camus era una persona de mucho carácter, él decía que era orgulloso como los españoles y que se sentía más español que francés. Quizá nunca estuvo muy cerca de Sartre. Mi padre comía con él una vez por semana, en la brasserie Lipp, cerca de Gallimard, y era muy sobrio, no comía mucho, apenas bebía…”.

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Jean Camus recuerda que en su casa la ruptura con Sartre se vivió con aprensión pero también con humor: “Mi madre estaba muy preocupada por la crítica de Jeanson y por la respuesta de Sartre, y cuando más tensa estaba, mi padre, para desdramatizar, dijo: ‘¿Y qué hacemos, les reto a un duelo con pistolas?’. Por supuesto, había una parte de verdad dentro de la broma”.

En 1957, al recibir el Nobel de Literatura, Camus diría: “Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea quizá sea aún más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida, en la que se mezclan las revoluciones frustradas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; cuando poderes mediocres pueden destruirlo todo, pero ya no saben convencer; cuando la inteligencia se ha rebajado hasta convertirse en criada del odio y la opresión, esta generación ha tenido, en sí misma y alrededor de sí misma, que restaurar, a partir de sus negaciones, un poco de lo que hace digno el vivir y el morir”.

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En ese discurso, el escritor rindió homenaje a sus maestros Louis Germain y Jean Grenier, y recordó que convencieron a su madre para que continuara sus estudios. El Nobel, galardón que Sartre rechazaría años más tarde, fue recibido en Rue Madame con desconcierto, recuerda Jean Camus: “Nadie entendía nada, y cuando se lo dijeron estaba avergonzado. Mi madre usó una expresión pied-noir para burlarse de él: tutututú”.

Por entonces, Camus pagaba ya el ostracismo al que le condenaron Sartre y su corte; seguía sintiéndose extranjero; avejentado pese a su sempiterna cara de niño, tocado por la tuberculosis de su infancia, vivía atornillado a sus pasiones (la actriz española María Casares, sobre todas las demás) y sus problemas conyugales —Francine tuvo que ser ingresada entre 1953 y 1954 por problemas psiquiátricos—.

Pero su vieja relación con Grenier sobrevivió a los embates del siglo. Como sobrevivió el amor y el agradecimiento a Catalina, su madre, que le enseñó español y catalán, y a cuya figura recurriría en la Universidad de Uppsala cuando fue preguntado por su oposición al Frente de Liberación Nacional, y explicó así su rechazo a la violencia que intentaba liberar a Argelia de la injusta dominación colonial: “Entre la justicia y mi madre, elijo a mi madre”.

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El día de su muerte, Camus tenía 47 años. El accidente de coche sucedió el 4 de enero de 1960, cerca de Villeblevin, un pueblo de la Borgoña. El editor de La Pléiade, Michel Gallimard, que conducía el coche, moriría cinco días después. Jean Camus, que heredó de su padre el amor al fútbol y jugó de extremo derecho, siempre estará agradecido a esa estirpe de editores: “Cuando hay algún problema con los derechos siempre digo lo mismo: gracias a Gallimard mi padre se pudo comprar la casa de Rue Madame. Y mi primer recuerdo es el olor a linóleo de la casa que ellos nos prestaron cuando mis padres no tenían nada”.

En la maleta que Camus llevaba en el coche, había 144 páginas de un manuscrito inacabado, El primer hombre, de fuerte contenido autobiográfico y gran belleza literaria. El libro, que se publicaría por decisión de su albacea Catherine Camus en 1994, pondría a cada uno en su sitio y demostraría que Camus nunca fue un burgués, ni un comunista, ni siquiera un filósofo, sino un hombre rebelde, un narrador de mundos y un enamorado de la libertad.

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Todo estaba en la luz del Mediterráneo, esa reminiscencia infantil que Grenier siempre le animó a glosar: “En plena oscuridad de nuestro nihilismo, he buscado solamente las razones para superar ese nihilismo”, escribió. “Pero no las he buscado en absoluto por virtud, ni por una singular elevación espiritual, sino por fidelidad instintiva a la luz donde nací y donde, desde hace milenios, los hombres aprendieron a saludar a la vida hasta en el sufrimiento”.

Lo enterraron en Lourmarin, un pueblecito de la Provenza, donde se acababa de comprar una casa que hoy ocupa Catherine. Su lápida es la más sencilla del cementerio. Durante 18 años, nadie salvo Grenier escribió sobre él. Hoy, un siglo después de su nacimiento, Camus sigue siendo un cuerpo extraño para Francia, y las vergonzantes disputas políticas y personales entre sus herederos intelectuales han impedido que el Ministerio de Cultura organizara la prometida exposición del centenario —lo que se ha hecho en Aix en Provence es, según Le Monde, una sucesión de paneles para escolares—. Y mientras la fraternidad de la República cae en los peores instintos de la extrema derecha, su hijo Jean concluye: “Si Camus sigue siendo francés es porque nunca dejó de ser el extranjero”.

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Pie de página:

Las frases de Camus citadas en este artículo serán publicadas en español por la editorial Plataforma con el título Breviario de la dignidad humana. La fotografía del escritor pertenece al libroAlbert Camus, solitario y solidario, publicado por el mismo sello

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ALBERT CAMUS: DISCURSO DE ACEPTACIÓN DEL PREMIO NOBEL DE LITERATURA, AÑO 1957

 Estocolmo, 10 de diciembre de 1957

Al recibir la distinción con que ha querido honrarme su libre Academia, mi gratitud es más profunda  cuando evalúo   hasta qué punto esa recompensa sobrepasa  mis méritos personales.  Todo hombre, y con mayor razón todo artista, desea que se reconozca lo que es o quiere ser. Yo también lo deseo. Pero al conocer su decisión me fue imposible no comparar su resonancia con lo que realmente soy. ¿Cómo un hombre, casi joven todavía, rico sólo por sus dudas, con una obra apenas desarrollada, habituado a vivir en la soledad del trabajo o en el retiro de la amistad, podría recibir, sin una especie de pánico, un galardón que le coloca de pronto, y solo, a plena luz? ¿Con qué ánimo podía recibir ese honor al tiempo que, en tantos sitios, otros escritores, algunos de los más grandes, están reducidos al silencio y cuando, al mismo tiempo, su tierra natal conoce una desdicha incesante?

ALBERT CAMUS

He sentido esa inquietud, y ese malestar. Para recobrar mi paz interior me ha sido necesario ponerme de acuerdo con un destino demasiado generoso. Y como era imposible igualarme a él con el único apoyo de mis méritos, no he hallado nada mejor, para ayudarme, que lo que me ha sostenido a lo largo de mi vida y en las circunstancias más opuestas: la idea que me he forjado de mi arte y de la misión del escritor. Permitanme,  aunque sólo sea en prueba de reconocimiento y amistad, que les diga, lo más sencillamente posible, cuál es esa idea.

Personalmente, no puedo vivir sin mi arte. Pero jamás he puesto ese arte por encima de cualquier cosa. Por el contrario, si me es necesario es porque no me separa de nadie, y me permite vivir, tal como soy, a la par de todos. A mi ver, el arte no es una diversión solitaria. Es un medio de emocionar al mayor número de hombres, ofreciéndoles una imagen privilegiada de dolores y alegrías comunes. Obliga, pues, al artista a no aislarse; le somete a la verdad, a la más humilde y más universal. Y aquellos que muchas veces han elegido su destino de artistas porque se sentían distintos, aprenden pronto que no podrán nutrir su arte ni su diferencia más que confesando su semejanza con todos.

ALBERT CAMUS

El artista se forja en ese perpetuo ir y venir de sí mismo hacia los demás, equidistante entre la belleza, sin la cual no puede vivir, y la comunidad, de la cual no puede desprenderse. Por eso, los verdadero artistas no desdeñan nada; se obligan a comprender en vez de juzgar. Y si han de tomar partido en este mundo, sólo puede ser por una sociedad en la que, según la gran frase de Nietzsche, no ha de reinar el juez sino el creador, sea trabajador o intelectual.

Por lo mismo el papel de escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren. Si no lo hiciera, quedaría solo, privado hasta de su arte. Todos los ejércitos de la tiranía, con sus millones de hombres, no le arrancarán de la soledad, aunque consienta en acomodarse a su paso y, sobre todo, si en ello consiente. Pero el silencio de un prisionero desconocido, abandonado a las humillaciones,  en el otro extremo del mundo,  basta para sacar al escritor de su soledad,  por lo menos, cada vez que logre, entre los privilegios de su libertad, no olvidar ese silencio, y trate de recogerlo y reemplazarlo, para hacerlo valer mediante todos los recursos del arte.
ALBERT CAMUS
Nadie es lo bastante grande para semejante vocación. Sin embargo,  en todas las circunstancias de su vida, obscuro o provisionalmente célebre, aherrojado por la tiranía o libre para poder expresarse, el escritor puede encontrar el sentimiento de una comunidad viva, que le justificará sólo a condición de que acepte, tanto como pueda, las dos tareas que constituyen la grandeza de su oficio: el servicio a la verdad, y el servicio a la libertad. Y puesto que su vocación consiste en reunir al mayor número posible de hombres, no puede acomodarse a la mentira ni a la servidumbre porque, donde reinan,  crece el aislamiento. Cualesquiera que sean nuestras flaquezas personales, la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos imperativos difíciles de mantener: la negativa a mentir respecto de lo que se sabe y la resistencia ante la opresión.

Durante más de veinte años de historia demencial, perdido sin remedio, como todos los hombres de mi edad, en las convulsiones del tiempo, sólo me ha sostenido el sentimiento hondo de que escribir es hoy un honor, porque ese acto obliga, y obliga a algo más que a escribir. Me obligaba, especialmente, tal como yo era y con arreglo a mis fuerzas, a compartir, con todos los que vivían mi misma historia, la desventura y la esperanza. Esos hombres nacidos al comienzo de la primera guerra mundial, que tenían veinte años  en la época de instaurarse, a la vez, el poder hitleriano y los primeros procesos revolucionarios, Y que para completar su educación se vieron enfrentados a la guerra de España, a la segunda guerra mundial,  al universo de los campos de concentración, a la Europa de la tortura y de las prisiones, se ven hoy obligados a orientar a sus hijos y a sus obras en un mundo amenazado de destrucción nuclear. Supongo que nadie pretenderá pedirles que sean optimistas. Hasta llego a pensar que debemos ser comprensivos, sin dejar de luchar contra ellos, con el error de los que, por un exceso de desesperación han reivindicado el derecho al deshonor y se han lanzado a los nihilismos de la época. Pero sucede que la mayoría de entre nosotros, en mi país y en el mundo entero, han rechazado el nihilismo y se consagran a la conquista de una legitimidad.

ALBERT CAMUS

Les ha sido preciso forjarse un arte de vivir para tiempos catastróficos, a fin de nacer una segunda vez y luchar luego, a cara descubierta, contra el instinto de muerte que se agita en nuestra historia.

Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sábe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida —en la que se mezclan las revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos, y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden hoy destruirlo todo, no saben convencer; en la que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio del odio y de la opresión—, esa generación ha debido, en si misma y a su alrededor, restaurar, partiendo de amargas inquietudes, un poco de lo que constituye la dignidad de vivir y de morir. Ante un mundo amenazado de desintegración, en el que se corre el riesgo de que nuestros grandes inquisidores   establecezcan para siempre el imperio de la muerte, sabe que debería, en una especie de carrera loca contra el tiempo, restaurar entre las naciones una paz que no sea la de la servidumbre, reconciliar de nuevo el trabajo y la cultura, y reconstruir con todos los hombres una nueva Arca de la Alianza.
ALBERT CAMUS
No es seguro que esta generación pueda al fin cumplir esa labor inmensa, pero lo cierto es que, por doquier en el mundo, tiene ya hecha, y la mantiene, su doble apuesta en favor de la verdad y de la libertad y que, llegado el momento, sabe morir sin odio por ella. Es esta generación la que debe ser saludada y alentada dondequiera que se halle y, sobre todo, donde se sacrifica. En ella, seguro de vuestra profunda aprobación, quisiera yo declinar hoy el honor que acabais de hacerme.

Al mismo tiempo, después de expresar la nobleza del oficio de escribir, querría yo situar al escritor en su verdadero lugar, sin otros títulos que los que comparte con sus compañeros, de lucha, vulnerable pero tenaz, injusto pero apasionado de justicia, realizando su obra sin vergüenza ni orgullo, a la vista de todos; atento siempre al dolor y a la belleza; consagrado en fin, a sacar de su ser complejo las creaciones que intenta levantar, obstinadamente, entre el movimiento destructor de la historia.

¿Quién, después de eso, podrá esperar que él presente soluciones ya hechas, y bellas lecciones de moral? La verdad es misteriosa, huidiza, y siempre hay que tratar de conquistarla. La libertad es peligrosa, tan dura de vivir, como exaltante. Debemos avanzar hacia esos dos fines, penosa pero resueltamente, descontando por anticipado nuestros desfallecimientos a lo largo de tan dilatado camino. ¿Qué escritor osaría, en conciencia, proclamarse orgulloso apóstol de virtud? En cuanto a mi, necesito decir una vez más que no soy nada de eso. Jamás he podido renunciar a la luz, a la dicha de ser, a la vida libre en que he crecido. Pero aunque esa nostalgia explique muchos de mis errores y de mis faltas, indudablemente ella me ha ayudado a comprender mejor mi oficio y también a mantenerme, decididamente, al lado de todos esos hombres silenciosos, que no soportan en el mundo la vida que les toca vivir más que por el recuerdo de breves y libres momentos de felicidad, y por la esperanza de volverlos a vivir.
ALBERT CAMUS
Reducido así a lo que realmente soy, a mis verdaderos limites, a mis dudas y también a mi difícil fe,  me siento más libre para destacar, al concluir, la magnitud y generosidad de la distinción que acabais de hacerme. Más libre también para decir que quisiera recibirla como homenaje rendido a todos los que, participando el mismo combate, no han recibido privilegio alguno y sí, en cambio, han conocido desgracias y persecuciones. Sólo me  falta dar las gracias, desde el fondo de mi corazón, y hacer públicamente, en señal personal  de gratitud, la misma y vieja promesa de fidelidad que cada verdadero artista se hace a si mismo, silenciosamente, todos los días.

ALBERT CAMUS

 

 

ALBERTCAMUS- FRASES

 No ser amado es una simple desventura. La verdadera desgracia es no saber ama

 Puede que lo que hacemos no traiga siempre la felicidad, pero si no hacemos nada, no habrá felicidad.

 

No camines delante de mí, puede que no te siga. No camines detrás de mí, puede que no te guíe. Camina junto a mí y sé mi amigo.

 En el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio.

El hombre tiene dos caras: no puede amar sin amarse.

 Para la mayoría de los hombres la guerra es el fin de la soledad. Para mi es la soledad infinita.

 El éxito es fácil de obtener. Lo difícil es merecerlo.

 La estupidez insiste siempre.

 Un hombre sin ética es una bestia salvaje soltada a este mundo.

 La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas.

 Una prensa libre puede ser buena o mala, pero sin libertad, la prensa nunca será otra cosa que mala.

 Me decían que eran necesarios unos muertos para llegar a un mundo donde no se mataría.

 Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol.

 He comprendido que hay dos verdades, una de las cuales jamás debe ser dicha.

 Dos hombres traicionados por la misma mujer son algo parientes.

 A pesar de las ilusiones racionalistas, e incluso marxistas, toda la historia del mundo es la historia de la libertad.

 Los artistas piensan según las palabras y, los filósofos, según las ideas.

 Inocente es quien no necesita explicarse.

 Darse no tiene sentido más que si uno se posee.

 El gran Cartago lideró tres guerras: después de la primera seguía teniendo poder; después de la segunda seguía siendo habitable; después de la tercera ya no se encuentra en el mapa.

 ¡Quién necesita piedad, sino aquellos que no tienen compasión de nadie!

 La capacidad de atención del hombre es limitada y debe ser constantemente espoleada por la provocación.

 Al principio de las catástrofes, y cuando han terminado, se hace siempre algo de retórica. En el primer caso, aún no se ha perdido la costumbre; en el segundo, se ha recuperado. Es en el mismo momento de la desgracia cuando uno se acostumbra a la verdad.

 El único problema filosófico verdaderamente serio es el Suicidio. Juzgar si la vida es o no digna de vivir es la respuesta fundamental a la suma de preguntas filosóficas

 Los mitos tienen más poder que la realidad. La revolución como mito es la revolución definitiva.

 La enfermedad es el tirano más temible.

 Siempre he creído que si bien el hombre esperanzado en la condición humana es un loco, el que desespera de los acontecimientos es un cobarde.

 Por cada hombre libre que cae nacen diez esclavos y el porvenir se ensombrece un poco más.

 Crear, es vivir dos veces.

 La verdadera generosidad para con el futuro consiste en entregarlo todo al presente.

 El instante en que ya no sea más que un escritor habré dejado de ser un escritor.

 El secreto de mi universo es sólo imaginar a Dios sin la inmortalidad del hombre.

 Si el mundo fuera claro, el arte no existiría.

 Si el hombre fracasa en conciliar la justicia y la libertad, fracasa en todo.

 

 

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